Hoy he visto varias cosas que han hecho que acabe berrando como una condenada. De camino a casa, en el coche se ha cruzado con la lentitud de un moribundo una galga famélica y fea. Iba triste, cabizbaja, remolona, sin la alerta propia del pobre que siempre lleva los ojos bien abiertos, vencida. Habitaba la parte trasera del bonito Volvo familiar color verde-cazador que iba delante un lucido Beagle que, para cuando he reparado en él, ladraba y arañaba los cristales en la dirección hacia la que caminaba la galga. Me he sentido igual que ella. Y por más que miro no veo ese coche familiar lleno de salvación y ladridos.
No es muy dramático, lo sé. Lo que ocurre es que unos minutos antes había presenciado cómo una hija, quizá una nieta, ayudaba a cruzar la calle a una de esas viejas, muy viejas. Era exacatamente igual que la galga: menguada, asustada, calvita, doblada y triste.
La vida no debería ser así. No me gusta. Me duele.
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Hace 2 días
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