Puede que conducir fijándote en lo que ocurre a tu paso no sea muy recomendable, pero me gusta. No es la primera vez que observo como algún anciano (y varón) manifiesta con su postura que no está dispuesto a esperar su turno en la circulación por la ciudad. Se asoma peligrosamente a la calzada, sus pies fuera de la acera ya, sus ojos en el otro extremo de la calle, su mente calculando la velocidad a la que podría cruzar, valorando el riesgo. Suelo pensar que se abalanzará sobre el coche. Imagino mi reacción y la dirección del volantazo. Miro hacia el lado elegido. Un puente. Caray. Otras veces imagino el impacto inevitable. Soy incapaz de esquivarlo, me asusto. Frenar. Bajar del coche. Pedir que siga vivo.
Pensamientos que duran dos segundos. Procuro mirar su rostro. No recuerdo el de hoy pero sé que llevaba gorra y un abrigo verde. Reparo en si mi padre hará lo mismo. Sé que sí. Sé, además, que en esos dos segundos estará insultando mentalmente al conductor del coche que interrumpe su ritmo. Ese que le obliga a detenerse y reconocer que ya no puede correr para salvarse.
¿Qué me habrá llamado el señor de la gorra y el abrigo verde?
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Hace 13 horas
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